Luna de fin de siglo

María Tenorio, Septiembre 26, 2012

Su existencia me la anunció en 1992 Francisco Domínguez, amigo y colega: Mari --me dijo-- van a abrir un lugar que se llamará La Luna. Imaginate qué chivo, cuando vayás allí dirás “Vamos a La Luna”. Me pareció juguetón el nombre del lugar, como los de esos bares que se llaman La Oficina o La Biblioteca. Lo que no imaginé en aquel momento, hace veinte años, es que ese bar-café me seduciría hasta el punto de convertirse en mi sitio nocturno favorito, tanto así que mi fiesta de bodas se celebraría en ese “espacio abierto al tiempo, la magia y la imaginación”.

 
Frecuenté La Luna religiosamente los fines de semana y de manera ocasional entre semana, durante los noventa. Se hizo tan mi casa que ha sido el único antro al que me he atrevido a llegar sola. Me encantaban las pinturas que aparecían en sus paredes, los móviles que reclamaban viento, las sillas y las mesas pintadas a mano o decoradas con recortes de revistas. Incluso llegué a portar un carnet que me acreditaba como “Amiga de La Luna” y decía ser válido “toda la vida”. Era muy útil pues servía para no pagar la entrada. Recuerdo haberlo recibido luego de la boda, en julio de 1995.
 
Estética lunar
 
La Luna generó un espacio propio a una estética que mezclaba lo bohemio, lo urbano, lo jipi y, sobre todo, lo juguetón. Esa estética alternativa, que huía de la seriedad, al dar nuevos y cambiantes significados a las cosas cotidianas cuestionaba la rigidez de los conceptos que prevalecían en el mundo de afuera. En ese sentido, significó una ruptura radical con la recién terminada guerra donde, dependiendo de donde estuvieras, unos eran buenos y los otros, malos. En La Luna las cosas podían ser no de otro modo, sino de otros miles de modos.
 
Recuerdo, por ejemplo, que en el menú los sandwiches se llamaban “brujas de arena” o sand witches. También inolvidables son los programas mensuales que, en distintos formatos, anunciaban las actividades culturales de cada día. Siempre estaban impresos en blanco y negro y sus diseños eran hechos a mano, con dibujos y detalles creativos. Ningún otro sitio hacía nada parecido.
 
Los selenitas
 
¿Quiénes estaban detrás de todos y cada uno de los detalles creativos, artísticos o juguetones que aparecían en todos lados? No olvidaré un desnudo estilo Matisse que decoraba las paredes de un baño de mujeres habilitado en la entrada, que luego desaparecería para nunca más volver. Ese ha sido mi favorito de todos los tiempos lunares.
 
De tanto llegar conocí a la Bea Alcaine, a la Gracia Rusconi, la Carmen Elena Trigueros y a la Daniela Heredia, selenitas por naturaleza; me hice amiga de Julito Molina, el encargado de la música. Conocí también a Pedro Portillo, quien más de una vez me leyó el tarot. Tito Hasbún fue otro amigo que hice allí. Escuché la música de Carlos Walter, Neto Buitrago, Hugo Fajardo, Carlos Romero y tantos otros que habrán sido la tortura de los vecinos de la calle Berlín.
 
Renovarse y morir
 
La Luna renovó la escena nocturna capitalina, convirtiéndose en un polo de atracción para quienes buscaban diversión y para quienes producían arte. Muchos conceptos desarrollados en su espacio lo trascendieron y dieron fruto en otros bares, restaurantes y cafés. Lo creativo-juguetón fue adoptado, sin miedos ni complejos, por otros sitios.
 
Hoy le ha llegado el momento de despedirse. Nos lo anunciaron así, en un comunicado, los selenitas que la han mantenido en pie durante los últimos años. No solo mi matrimonio acabó en divorcio. La Luna cierra su ciclo este septiembre tras veinte años de posguerra.
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