Jiquilisco, pueblo y bahía

María Tenorio, Agosto 3, 2011

Desde chiquita escuché las anécdotas de mi padre sobre el inhóspito Jiquilisco. Que los domingos en las tardes, en los balcones de las casas, los niños aprendían los números contando los muertos de la jornada, los borrachos pendencieros que se mataban a machetazos. Que en la boda de no-se-quién el calor fue tan intenso que hubo más de un desmayado y que él se quedó sin comer por irse a descansar un rato bajo un ventilador. La extrema violencia y el calor sofocante, que mi papá cosechó como recuerdos de sus temporadas infantiles, lo disuadieron de llevarnos, a sus hijas, a conocer ese pueblo usuluteco donde se supone que nació mi abuelo, el coronel Jorge Tenorio.
 
El mito de ese Jiquilisco de las historias paternas se rompió, para mí, apenas el fin de semana pasado. Como suele ocurrir cuando somos alertados en demasía sobre algo, el pueblo me pareció normal e incluso más agradable que otros. La vida en las calles era tranquila, aunque aderezada por una música de altoparlantes que podría calificarse de contaminación auditiva. El clima estaba fresco debido a las lluvias; la gente era amable; abundaban las bicicletas. El parque Roberto E. Canessa estaba vacío a las 9 de la mañana; ahí nos dio la bienvenida la imagen de una recién pintada “Virgen Tránsito de María, patrona de todos los jiquiliscences”. Luego de devorar un par de pupusas en una esquina, a la vuelta de la alcaldía, continuamos el paseo.
 
El plato fuerte de la excursión que me llevó a las tierras de mi abuelo no era el pueblo, sino la bahía de Jiquilisco. Nos internamos en ella desde un remozado puerto El Triunfo, situado muy cerca del pueblo. Allí tomamos una lancha en compañía de Juan Raúl, conocedor de la zona, que nos ilustró sobre las actividades pesqueras y la vida de las distintas especies que conforman aquel bellísimo paisaje bordeado por volcanes. Navegamos en un vestíbulo de tupidos manglares que nos hicieron recordar --oh, capitalinos nosotros-- las esculturas metálicas de Verónica Vides. Nos encontramos con dos restaurantes flotantes, estructuras suspendidas en las aguas de la bahía, a la espera de turistas. Llegamos, finalmente, a una oficina también flotante donde Juan Raúl nos presentó a otros pescadores quienes nos explicaron sobre técnicas, aperos y leyes de pesca. Volvimos al puerto, donde nos despidió una escultura digna de una Disneylandia criolla, un pirata al estilo del capitán Garfio antes de perder su mano.
 
Más bahía nos esperaba desde el puerto Parada, unos kilómetros más alejado del pueblo de mi abuelo. Ahí nos embarcamos en la lancha conducida por el sonriente Tito. Esta vez los manglares formaban un laberinto que luego se abrió y nos llevó hasta la comunidad La Pirraya, formada en la década de los ochenta por desplazados de la guerra que hoy se dedican a la pesca y que han destacado por su maestría en el fútbol de playa. En el pequeño hotel del lugar, mitad edificado en tierra y mitad en el agua, comimos unos pescados inolvidables cocinados al vapor en papel de aluminio, rellenos de chile verde y cebolla. Para la siesta extrañamos no tener hamacas, pero la madera del embarcadero del hotelito se acomodó a nuestras espaldas y logramos echar un pestañazo.
La incursión en la bahía terminaría con un baño en una playa cercana, donde la huella humana no se manifiesta en edificaciones de ninguna especie, sino en un reguero de livianos pero cuasi indestructibles desechos plásticos: botellas de bebidas y de medicinas en convivio con suelas de zapatos “decoran” las arenas de aquel lugar que apenas recibe visitantes. Mientras tomaba un baño entre las escasas olas de la bahía recordé lo que había dicho Juan Raúl en los inicios de la excursión: en temporada alta no hace falta que Coca Cola ni que Pepsi pongan vallas publicitarias; las aguas del puerto El Triunfo están cuajadas de botellas con esas marcas.
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